viernes, 21 de abril de 2017

Big Sur y un chofer impaciente

Es un domingo de marzo, es de mañana, hay sol: un sol mutante entre veraniego y otoñal, un sol que de a poco se va como extinguiendo para transformarse en otro, menos enérgico. Y que en ese andar, lento, deja entrever la irremediable certidumbre del paso del tiempo, más aún si es el segundo día del fin de semana. Día como elástico a la manera en que lo describe António Lobo Antunes. “¿Por qué se pregunta, cierta vez, uno de sus personajes son tan largos los domingos, Filomena?”. Espero el 194 en la esquina de Charcas y Pueyrredón, en Buenos Aires, y, mientras, me pongo a leer. Una vieja de voz enclenque me interrumpe. “Disculpe, señorita dice—, usted sabe si hoy es domingo”.  Lo tragicómico de la pregunta o el hecho, quizá, de que yo estaba en otra parte, lejos, cerca de San Francisco— me obliga a pensar. Y pienso un segundo y digo que sí, señora. Y cuando ella se va, la sigo con la vista: pollera mostaza, saco estampado, pelo revuelto y blanco, y leve cojeo hacia la derecha. Lo más probable, pienso, es que la mujer haya salido para ir a misa y que, en el camino, se le haya hecho una laguna; lo más probable es que haya querido comprar algo y que, en la misma calle en que me vio, se haya topado con locales cerrados; lo más probable es que la vejez sea esa instancia a la que, de momento, preferiría no llegar. Rápido, vuelvo a la novela y, por volver, casi pierdo el colectivo. No es la primera vez que me pasa. El chofer me ve extender el brazo a destiempo y frena de golpe, a unos metros de la parada, y, cuando subo, me sermonea. “¿No podía dejar el libro para más tarde?”, dice. Silencio. No —digo yo para mis adentros—, imposible, señor. Justo iba por la parte en la que Jack Duluoz, el protagonista, se dice a sí mismo “Hago algo rápido o estoy perdido”. Entonces se levanta de un salto, antes hace la vertical para bombear sangre al cerebro, se da una ducha, se cambia la camiseta, las medias y la ropa interior, guarda sus cosas enérgicamente, se cuelga la mochila, tira la llave sobre la mesa y sale y llega a la calle helada y camina rápido hasta el almacén más cercano a comprar comida para dos días, la mete en la mochila, deambula por perdidos callejones cargados de melancolía rusa donde los vagabundos se sientan en turbios umbrales con la cabeza apoyada en las rodillas en la noche viscosa de la ciudad, tiene que escapar o morir, y va a la estación de ómnibus —se da cuenta, señor, ¿quién puede dejar un libro así para más tarde?. En media hora, Jack Duluoz está sentado en un ómnibus, el ómnibus dice “Monterrey” y corren por la inmaculada autopista de neón y él duerme durante todo el camino, y se despierta sobresaltado oliendo el aire marino y el chofer que lo sacude: “Monterrey, final del recorrido”.
Desde su asiento, el hombre me mira, impaciente yo sigo de pie, en la cabina, sin decir una palabra—. Tiene cara de querer saber adónde voy para cobrarme de una vez y seguir. “Oh, sí, disculpe digo—, voy a Campana”.  Y también digo, mientras me deslizo por el pasillo y busco un asiento vacío del lado de la ventanilla: “Usted tampoco hubiera podido”.

(texto publicado en la revista FronteraD)