viernes, 23 de diciembre de 2016

Taxi limeño

Paré un taxi en el Parque Kennedy y le pregunté al chofer cuánto me saldría el viaje. “Hasta la Avenida Mariscal La Mar al 1300”, dije. “Diez soles”, dijo él, gorra con visera. Siempre me resultó curiosa la modalidad limeña de consultar el precio de antemano, incluso, la modalidad de regatear. En Lima no hay taxímetros, y uno sabe por anticipado cuánto pagará al bajar, no importa si el trayecto dura diez minutos o una hora. “Ok”, dije. Y abrí la puerta y subí. Y entre una cosa y otra, el hombre alzó la mano, dejó un pucho encendido el que estaba fumando en evidencia y me preguntó si me molestaba. Aunque sí, dije que no. Y un segundo más tarde, me di cuenta de que el pucho era un auténtico porro. ¡Oh!, dije para mis adentros. No sabía que en la capital peruana los taxistas podían fumar, mucho menos que podían fumar cigarrillos de marihuana. Quizá no pudieran, pero, estaba claro, era lo mismo. Después de todo, no sé de qué me asombraba: la escena transcurría en Lima, pero bien podría transcurrir en Buenos Aires o a lo mejor en Bogotá. Por respeto, supongo, el hombre sacó el brazo culposo fuera de la ventanilla, después, aceleró. Y quizá porque había demasiado silencio u acaso olor un olor alevoso, enseguida subió el volumen. Lo que sonó fue una especie de rap en español que hablaba de los vicios y sus tragedias y decía cosas como “Nada te impide que tú lo consumas”, “Este es el vicio que con tu permiso te mata”, algo así. Me asusté. Pensé que el tipo se desviaría sin que yo lo notara; pensé que me llevaría a los bajos fondos de Surquillo; pensé, en resumen, lo peor. En todo individuo, taxista o no, se oculta siempre para bien o para mal un Travis Bickle. Estaba en Miraflores, pero no sabía exactamente donde. No tenía conexión a Wi-Fi ni la posibilidad de llamar por teléfono. Mis amigos me esperaban para cenar en un restorán ubicado entre Miraflores y San Isidro. “Te va a encantar me habían dicho, ya vas a ver”. Y sí, seguro, pero eran casi las nueve de la noche y no lograba distinguir nada que me resultara familiar.  Recordé las veces en que había visitado Lima y en las que, al volver a Buenos Aires, me había jactado de moverme como en casa: de El Olivar a Barranco, de Barranco al Faraona Grand Hotel, de la Avenida Conquistadores al centro comercial Larcomar. De vez en cuando, miraba hacia el espejito retrovisor. Todo parecía en orden, y sin embargo. Traté de relajarme. No sé si pude pero, en parte, logré correrme de donde estaba y situarme en lo que vendría. Y lo que vendría era, en efecto, maravilloso: ceviche con choclo peruano y tiraditos de atún y conchitas a la parmesana. Y era un tremendo pisco que me tomaría al llegar y que me pondría en esa frecuencia de euforia cósmica que tanto me gusta. En eso estaba, cuando, de golpe, el chofer detuvo el auto. Bajó el volumen. “Llegamos”, dijo con toda naturalidad. Rápido, abrí la cartera. “Tome”, dije yo, y le di los soles. Los diez soles. Y también las gracias.

(texto publicado en la revista FronteraD)

jueves, 3 de noviembre de 2016

miércoles, 19 de octubre de 2016

Poesia-me

En una pared de Braga, en el norte de Portugal, leí "Poesia-me". Y me gustó lo que ese invento de palabra me sugería y me acordé de una columna de Pedro Mairal. Al final dice Mairal, lo que importa es la lengua que usa la gente para escribir en las paredes del baño, la lengua que usa para amar, para reírse, para insultar".

jueves, 22 de septiembre de 2016

Escribir un retrato

Es feriado y es el día en quedé en encontrarme con el hombre que más sabe de tanatopraxia y tanatoestética en Argentina; el que introdujo las dos técnicas cuando en el país nadie las practicaba; el mismo que preparó los cuerpos de Poli Armentano, María Elena Walsh, Caloi y Amaliade Fortabat. Voy preguntarle, entre otras cosas, qué gracia tiene maquillar a alguien que ya no puede mirarse en el espejo. Y también voy pedirle permiso para ver en vivo cómo lo hace. Y con eso –y varias cosas más–, voy a escribir un retrato. Daniel Carunchio vive y trabaja en Boulogne –una ciudad del Gran Buenos Aires, situada a unos 30 kilómetros de la Capital Federal– y hoy está dando un curso en la funeraria que abrió recientemente. Para llegar desde barrio Norte hay que tomar el 60 Ramal Panamericana, bajar en Camino Real Morón, cruzar el puente que, a esa altura, se alza sobre la ruta, bordear el cementerio de Boulogne y caminar por la calle Nuestras Malvinas, unas cinco cuadras. Son las nueve de la mañana. “Daniel, buen día –escribo por Whatsapp, al llegar a la parada de Bustamante y Las Heras–, no bien tome el colectivo, te aviso. Lo estoy esperando”. Pero el colectivo tarda: veinte minutos, treinta. No viene más, pienso, y también pienso que debí haberlo previsto. Es jueves 24 de marzo, jornada de homenajes por los cuarenta años del golpe que instauró la última dictadura militar, previo al domingo de Pascua, y Barack Obama está en Buenos Aires. La ciudad es una maraña. La frecuencia de colectivos parece haber disminuido, pero hay más autos y calles cortadas y gente con ganas de partir. Lejos. Y hay, sobre todo, algo raro en el aire: mezcla de verano que no termina de irse y otoño que quiere llegar. Momento bisagra del año y uno de esos jueves para los que uno no encuentra definición ni lugar en el calendario, mucho menos si ha quedado en entrevistar a un maquillador de muertos y si, de repente, bajo el techito donde esperaba un 60 no queda nadie. Los que estaban acá conmigo, acabo de darme cuenta, tomaron otra línea y me dejaron. Estoy sola como cuando escribo. En lugar de repasar mentalmente las preguntas de la entrevista, empiezo a impacientarme y me digo cosas como quién me manda a ir hoy a Boulogne. Y me respondo que nadie, excepto yo y mi grandísima voluntad. Y me digo que por qué lo hago, y arriesgo que lo hago porque me gusta, a lo mejor porque me gusta más de la cuenta, y que eso básicamente lo justifica todo. Y que, en suma, escribir no es sólo arrellanarse frente a un teclado, a espaldas del mundo: es eso y es esta espera infinita y varias cosas más que no viene a cuento enumerar, pero sí recordar de vez en cuando, como ahora.
Empecé a escribir en la adolescencia, del modo en que uno empieza todo, haciéndolo: un diario personal, un discurso de fin de año, un viaje a la montaña. Después debo haber creído que podía o quizá no creía nada. En cualquier caso, escribir es hoy un ejercicio del que no puedo sustraerme, por más que trate y por más incertidumbre –esa es la palabra– que me genere. Hace días hablaba de esto con una amiga. Le decía que, de un tiempo a esta parte, me enroscaba en preguntas de corte metafísico, que me estaba interpelando acerca de la escritura, pero sobre todo acerca de lo que estaba produciendo, que aunque no era mucho, algo era. “En el fondo –dije– me estoy cuestionando si lo que hago tiene sentido, y si seguir o largar todo para siempre”. “Yo creo que vos no podés dejar –dijo ella–: la escritura es la manera que tenés de entender el mundo y estar en él, y si dejaras de hacerlo, te apartarías de una ¿herramienta? que te sirve en la vida”. Repasé la respuesta varias veces y me quedé pensando.
No cursé Letras en Puán, tampoco estudié periodismo, pero hice talleres con buenos maestros: con Marcelo di Marco, Liliana Heker, Josefina Licitra. Además leí, vi películas, escuché música. “Había que aprender –como dice Capote–, y de tantas fuentes”. Y ese aprendizaje, sumado a uno o dos detalles congénitos, debió alcanzar para escribir un texto respetable. Hace cuatro años, mis reportajes empezaron a salir y, a cambio de eso, yo empecé a cobrar. Y ese dinero inesperado y la idea de que mis textos tendrían lectores me hizo bien. En parte, digamos, me entusiasmó. “Deberías estar contenta”, me dijo más de un amigo. Y tal vez sí, y sin embargo. El 60 Ramal Panamericana no viene y yo me pregunto por qué insisto, acá, de pie –ya pasaron 50 minutos–, si no hay editor que me apure, ni medio que me exija, ni bolsillo –el mío– que lo necesite. Pero, ¿acaso, es eso lo que busco? Un editor apurado, un medio que me pida, una billetera vacía que me obligue a escribir, lo que sea, para llenarla. No lo sé. Por lo pronto, hay otra cosa: algo que va más allá de cualquier argumento sesudo. No obstante, cambio violentamente de planes. “Daniel –escribo por Whatsapp–, el colectivo no viene, te llamo un día de estos para coordinar otro encuentro. Saludos”. Tengo que estar lúcida y de buen humor para lograr que mi entrevistado se sienta a gusto y hable con soltura de su intimidad (a la que no tengo ningún derecho). Lúcida y de buen humor para escribir después el texto que yo misma decidí escribir y que tal vez algún editor acepte leer. Y en el mejor de los casos publicar.

(texto publicado en la revista FronteraD)

jueves, 28 de julio de 2016

Chico que lee

                                                   Jardín Botánico, en Buenos Aires  © María Soledad Pereira

martes, 26 de abril de 2016

El único responsable es el arquero


Texto del libro O BERRO IMPRESSO DAS MANCHETES del escritor brasileño Nelson Rodrigues, que traduje del portugués al español para el número 120 de la revista Etiqueta Negra

sábado, 16 de abril de 2016

El barbero (fragmento)

Miguel Barnes no alcanzaba el mostrador cuando su madre, María Antonia Vargas, abrió en Guayaquil 877, en el barrio de Caballito, la verdulería de la que él y su hermano mellizo, Luis Barnes, se harían cargo tiempo después. Con los años, la empresa familiar se agotó y el futuro barbero decidió poner algo por su cuenta. Lo primero que hizo fue buscar un local. En la esquina de la calle Valle y el Pasaje Bertres, vio una carnicería y entró. “Me gustaría vender frutas acá,” dijo. El dueño se detuvo, lo miró. “Pero yo te conozco, ¿no sos uno de los mellizos?” Y como era, sí, el carnicero enseguida aceptó el trato. Al día siguiente, Barnes se pagaba el primer flete al mercado de frutos de Dorrego. Con poco efectivo, pero con fama de pagador, los puesteros que lo conocían de toda la vida le fiaron. Su pericia en el rubro, su manía disciplinada y su popularidad hicieron que las ventas no tardaran en aumentar. “Vení”, le dijo a los dos meses el dueño del local. Lo llevó detrás del mostrador, abrió la caja y empezó a contar. Quería demostrarle que la venta de frutas y verduras contribuía al negocio de la carne. “¿Sabés cuánto hacía que no trabajaba las reses que trabajo hoy ni hacía una caja como esta?”. Con el tiempo, abrió nuevos locales. En uno puso al frente a un amigo, en el otro a una amiga. Hasta que un día dijo basta —además de mujer y una hija, ahora tenía treinta y cuatro años y un departamento modesto, pero propio, no renovó contratos y decidió aprender el oficio que de chico le había gustado y que de adulto le cambiaría la vida.
Ni coiffeur ni estilista: Barnes aspiraba a ostentar el vetusto título de barbero. La moda setentosa de los hombres con pelo largo, alentada por los Beatles y la British invasion, había obligado a los salones masculinos a diversificarse. En los 80, las peluquerías unisex se habían multiplicado y en la última década del siglo XX eran las más comunes. Entrados los 90, nadie en su sano juicio soñaba con manipular una navaja, excepto Miguel Barnes.
El pasaje de verdulero consuetudinario a barbero a tiempo completo fue gradual pero sostenido. Mientras acumulaba antigüedades y se hacía una imagen mental de cómo sería su salón, su vestuario y con él su apariencia física empezaron a mutar: empezó a usar tiradores, sombreros, zapatos de charol. Y, así vestido, salió a la calle: recorría anticuarios y encaraba cada compra con el histrionismo y la seguridad del actor que sabe que está haciendo bien su papel. Un 7 de agosto día de San Cayetano—, tras siete años de gestación, el flamante barbero abrió las puertas de su local.
“No en San Telmo ni en la avenida del Libertador ni en Puerto Madero”, aclara Barnes. La barbería La Época nació en Caballito, un barrio con doble arista comercial y residencial, de clase media, situado en el centro geográfico de la ciudad, lejos de los circuitos turísticos tradicionales, pero cerca de la avenida Rivadavia, la estación Primera Junta de la Línea A del subte y del antiguo mercado del Progreso. “Había que encontrarla”, dice hoy. Y para eso era necesario trabajar. Sin un peso, pero con ingenio y actitud ganadora, el barbero encaró el negocio. Tenía treinta y nueve años y no podía darse el lujo de fracasar. Sabía que en el camino estaba solo (la barbería nunca había sido una empresa con la que su mujer estuviera de acuerdo y su matrimonio pronto se disolvería). Lo primero que hizo fue promocionar el salón por el barrio. Visitó el colegio más importante de la zona —el Marianista— y coordinó excursiones de alumnos a su local. Organizó espectáculos de jazz con músicos amigos e invitó a vecinos para que le hicieran el aguante. Regateó publicidad en periódicos barriales. Y un día de 2002, llegó a la revista Viva de Clarín sin conocer a nadie.
Era lunes y Barnes iba por primera vez a la redacción del diario, en la calle Tacuarí. Llevaba capa, maletín porta sombreros y zapatos combinados. Sabía el nombre de la secretaria del editor jefe que un exempleado de Clarín y cliente suyo le había facilitado, pero él no la conocía ni ella sabía de él. Cuando se anunció, la recepcionista le preguntó si la secretaria lo esperaba. El barbero dijo “no” y le pidió por favor que le transmitiera que él era Miguel Barnes de la barbería La Época. Mientras la mujer, perpleja, llamaba al interno, el barbero se puso en evidencia. Apoyó la sombrera en el piso, se abrió la capa y esperó a que la chica hablara y le dijera a la destinataria que un loco la estaba buscando. La estrategia causó efecto. Enseguida lo invitaron a subir. Lo demás fue cuestión de actitud y puro talento para convencer a los presentes. La nota se tituló “Un museo viviente del pelo” y aún hoy cuelga de una de las paredes de su salón. El barbero ya no se esfuerza por promocionarse, ahora son los medios La Nación, TN, BBC, National Geographic, los que lo buscan y se interesan por él.

(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres de marzo) 

sábado, 9 de abril de 2016

El barbero



Fue verdulero desde la adolescencia hasta que decidió convertirse en barbero —un oficio que hacía rato estaba en decadencia— y montar un salón de estilo tradicional. Hoy, Miguel Barnes tiene cincuenta y seis años y, desde hace diecisiete, la barbería más peculiar de Buenos Aires, a decir de la BBC Mundo. La Legislatura porteña la declaró sitio de interés cultural en el año 2000 y Diego Maradona la elige cada vez que visita Argentina.
(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres de marzo)

sábado, 19 de marzo de 2016

Vivir sola

Tenía veinte años cuando me fui a vivir sola. Después de una temporada en una residencia universitaria y otra, en el departamento —puro luces de tubo— de una amiga, había decidido independizarme, aunque la independencia supusiera, al menos al principio, dormir con el velador encendido y llamar a casa de mis padres, en Zárate, todas las noches. Hablaba sobre todo con mamá. Invariablemente, ella me preguntaba si me alimentaba bien y me decía que no me olvidara de atrancar la puerta de entrada antes de irme a dormir. Así pasó el tiempo hasta que a los dos meses las cosas empezaron a cambiar: los ruidos domésticos —los del ascensor, los de la ducha del vecino de al lado, los de alguna persiana trabándose al bajar— ya me resultaban familiares y sentía que podía pedirle al encargado que me cambiara una lamparita o me ayudara a encender la calefacción. Irse a vivir solo es como largarse a caminar: un desamparo, un desconcierto, que se van aliviando de a poco, sobre la marcha, o quizá, en lugar de aliviarse, se transformen en otra cosa: en estabilidad. El supermercado, la cocina, las cuentas: eso que antes dependía de otro —de tus padres, por ejemplo— o podías compartir con otro —tu room-mate— cae ahora bajo tu entera responsabilidad. Si te olvidaste de comprar café, es probable que al día siguiente, en el desayuno, te quedes con las ganas y termines pasándole factura a la única responsable de todo: vos misma. Desde aquellos tumbos primerizos, recién caigo en la cuenta, pasaron ya veinte años. Y si bien cambié de ciudad varias veces y en el ínterin compartí cocina y baño con canadienses, chinos y portugueses —eran los días en que a cambio de una beca yo estudiaba en Europa—, no volví a vivir mi vida de adulta con nadie. “Vos no te casás más, Sole” solía repetirme el portero del edificio de la calle Melo, donde pasé varios años, antes de la última mudanza. Me lo decía entre risas con el tono de quien siente cierto encanto por lo atinado de una decisión —la soltería, la independencia— que quizá él, padre de familia, jamás se hubiera animado a tomar. Lo que ese hombre no suponía es que tarde o temprano la naturaleza gregaria acabaría llamando y yo cediendo. Al mejor estilo George Clooney, cedemos aún cuando las estadísticas del siglo XXI den cuenta de una escalada rampante de los hogares unipersonales y de quienes, por elección, deciden una vida en soledad. Hace cosa de dos meses, mi novio me propuso irnos a vivir juntos. La propuesta, confieso, fue un alegrón esperado, íntimo. Aunque suponía pasar juntos una semana de domingo a domingo, a modo de prueba de tolerancia, antes del traslado definitivo, dije que sí. Sólo que cuando llegó el momento, pospuse la fecha con argumentos poco creíbles. Y volví a posponer el asunto tiempo después, días antes de la hora señalada. Ahora la reprogramación depende sólo de mí. Y en eso estoy, dándole vueltas al calendario y pensando en que, tal vez, debería anotarme en un curso rápido de cocina; en que va ser lindo cocinar para dos y poner la mesa a horario y como corresponde —vasos, cubiertos, servilletas—, aunque al principio añore sentarme en mi sofá con el plato (de espaguetis con oliva y queso) en una mano, mientras hago zapping hasta terminar de cenar.

(texto escrito en 2014)

jueves, 3 de marzo de 2016

El Rey del Arco




Ataúlfo Sánchez bajó del avión, tomó su maleta y fue directo a la zona de migración del aeropuerto de la ciudad de México. Era un día lluvioso de 2001, pero el mal tiempo no opacaba la alegría de aquel hombre. Sánchez pisaba suelo azteca después de 33 años. Lo acompañaban su mujer, Vilma Alba Zilio, y parte de su prole: su hija mayor, el marido de ella y sus hijos. El exportero del club América quería mostrarles a sus nietos, Brenda y Germán, el estadio que había visto inaugurar; quería visitar viejos amigos y revivir una vuelta a las playas de Acapulco, donde solía pasar los fines de semana y había sido feliz. Ese era el plan, pero algo lo alteró. El oficial de migración le pidió a Sánchez el pasaporte. Miró el documento y después a su dueño. Volvió a hacerlo una vez y otra, y sorprendido por lo que parecía ser una posibilidad improbable arriesgó: “¿Ataúlfo?”
–Sí –se adelantó, resuelta, la esposa, el mismo que usted supone.
Y así, recuerda hoy Sánchez, empezó todo.
El oficial lo retuvo: le ofreció el salón vip. Les dijo a sus compañeros y a otros colegas de seguridad: “Miren quién está acá.” Era un fan ante su ídolo.
Cuando por fin pudo zafarse, Sánchez buscó la salida y se reencontró con su amigo Héctor Ferrari, quien, aviso mediante, lo aguardaba. Después, la familia entera partió hacia el hotel Krystal, pero este no resultó ser lo que los Sánchez esperaban y al día siguiente se trasladaron al hotel Royal, donde se concentraba la plantilla de jugadores del América, el club en el que tres décadas antes Sánchez había descollado.
En aquel entonces, su itinerario había sido el siguiente: después de su paso por el Defensores Unidos de Zárate un club menor de una ciudad del norte del conurbano bonaerense, en Argentina, donde se había iniciado siendo apenas un adolescente, y luego de una temporada en el club Racing de Avellaneda, que lo había dejado libre, Sánchez recibió de las Águilas una oferta que lo entusiasmó. Corría 1962 y en una sala del hotel Claridge de Buenos Aires, Guillermo Cañedo, presidente de los americanistas, le extendía al futuro Rey del Arco un contrato. No era por mucha plata, pero superaba lo que recibía en Argentina, donde pasaba meses sin ver un centavo. El trámite con Cañedo no duró más de veinte minutos. El resto fue también vertiginoso: Sánchez reunió a su mujer y a sus hijos, metió dos o tres cosas en una maleta y partió con la sensación de quien tiene todo por delante.
Y por delante lo tuvo todo: reconocimiento, amigos y una hija mexicana. Sánchez fue el arquero titular del América el día de la inauguración del Estadio Azteca. El 29 de mayo de 1966, cuando Díaz Ordaz dio el puntapié inicial, fue él quien le recibió el balón. En ese campeonato, temporada 65-66, el triunfo del América sobre el Veracruz significó para su equipo el primer título de la era profesional. En el video que registró el triunfo y que puede verse por YouTube, Sánchez intercepta lances de medio campo y festeja la final, a hombros. Fueron esas atajadas prodigiosas las que le ganaron el mote del Rey del Arco.
De modo que aquel día, en ese hotel del sur de la ciudad de México, Ataúlfo Sánchez volvió a estar cerca de su equipo. En el lobby, el argentino Alfio Basile, director técnico de las Águilas, se cruzó de improviso con el recién llegado. “¿Pero qué hacés vos acá, galán de San Diego, Chulito querido?”, le dijo. Y también le dijo que el domingo, dos días después, empezaba el campeonato mexicano.
El club América se debatiría ante el Pachuca. El partido inaugural tendría lugar en el Azteca. La radio, la televisión y varios medios gráficos estaban invitados. Sánchez y familia, también.
Al llegar al estadio, la encargada de relaciones públicas del club los interceptó: les presentó al presidente del América, Javier Pérez Teuffer, organizó el encuentro con la prensa y los hizo pisar la cancha como invitados de lujo. Hubo fotos y largos reportajes como el del diario deportivo Esto. El público empezó a murmurar: algo sucedía en el campo de juego. Entonces por los altavoces oyeron el anuncio: “Se encuentra entre nosotros Ataúlfo Sánchez, quien fuera campeón del América en el año 65-66.” Se sucedieron aplausos, hubo ovación. La familia dio la vuelta olímpica. Al verse en pantalla gigante y sentir el revuelo circundante, Sánchez pensó que el corazón iba a estallarle. “Tranquilo, tranquilo”, le decía por lo bajo su mujer. Después, cuando Basile ingresó a la cancha y le calzó la camiseta de los azulcremas que, en la espalda, llevaba estampado su nombre, la cosa cobró visos apoteósicos. Con el balón en su poder, el exportero dio el puntapié inicial y partió rumbo al palco oficial junto a los suyos y otros directivos. Otra vez, Ataúlfo Sánchez llegaba a México en el momento justo.

(Fragmento del texto publicado en el número de febrero de la revista Letras Libres)