miércoles, 5 de febrero de 2014

"Proponer, nunca imponer"


En 2007, empecé a tomar clases de tango en una sala del Borges y lo conocí a Juancito Elola. Juancito oficiaba de ayudante de los dos maestros que por entonces coordinaban la clase y me enseñó del tango lo fundamental: a reconocer las marcas del hombre, a no apurarme, a cuidar la postura. Tiempo después, me invitó a ir a una milonga y fui al Club Gricel, la primera milonga donde bailé. Ahora, años más tarde, nos reencontramos y compartimos un café y hablamos: de su amor por el tango, del tango y sus trucos, entre otras cosas. 
—Se dice de vos que a la hora bailar preferís a las principiantes, si son jóvenes mejor. Eso supone un esfuerzo extra. ¿A qué se debe?
—Lo que pasa es que me gusta iniciarlas, ir siguiéndolas, ver con el tiempo cómo progresan. Tengo un espíritu medio paternalista. Mi mujer murió muy joven, no tengo hijos y me gustan las niñas. Cuando soñaba con un hijo pensaba en una hija, yo pensaba en una nena. Y ahora, mirame, puedo abrazarlas a todas y ellas me abrazan.
Las abraza, es cierto, porque en su forma de bailar y en la propuesta de Juancito hay eso: un abrazo milonguero.
—Si pongo una servilletita de papel entre la mujer y yo —explica—, la servilletita se sostiene sola. Ni un solo espacio queda. Y la mujer generalmente lo acepta. Y lo acepta porque mi abrazo es sincero y punto. No hay doble sentido, la cosa pasa por ahí. Yo la invito a disfrutar del baile a mi manera, que es esta. Si lo comparte, fenómeno. Si no lo comparte, la dejo. Porque ella tiene todo el derecho: de aceptar mi propuesta o negarse, y yo, ante todo, la respeto.
Sé que es así. Lo sé por las veces, tantas, en que bailamos eso que técnicamente se llama abrazo cerrado.
—Yo logré —dice, como quien ha hecho un trabajo de hormiga incorporar algunos pasos de salón al abrazo cerrado, que es más acotado en el andar. A las principiantes les cuesta menos seguirme y entonces lo disfrutan más. Y si ellas lo disfrutan, bueno, yo me siento satisfecho.
—Lo principal es la postura —digo.
—El tango es el torso —dice él—. Hay que seguir el torso y no pensarla mucho.
—Mantener el eje.
—Proponer, nunca imponer.
—Hay que seguirte el ritmo a vos —río.
—Sí, pero mirá que ahora no es como antes. Ahora me controlo más, ya no me paso de rosca. Si me hubieras visto. Entraba a bailar y me olvidaba hasta de comer. Con los años, eso se siente. Yo sé que esto alguna vez se termina, pero todavía no. Mientras sienta que la mujer que está conmigo lo disfruta, seguiré bailando.

(La charla fue larga. Estos pasajes son una síntesis).