lunes, 22 de diciembre de 2014

viernes, 14 de noviembre de 2014

domingo, 2 de noviembre de 2014

Instrucciones para no apunarse

"El secreto para que no te apunés es el estómago vacío, Soledad. Y líquido, líquido. Por ahí, te podés llevar unas galletitas de agua. Pero vos olvidate de eso, Sole, olvidate, no te va a pasar nada. Es hermoso. Cuando salís de Purmamarca, todos esos cerros de azufre, espectacular, después, cuando empezás a subir la Cuesta de Lipán… calculá, vos empezás a subir, vas viendo la Cuesta… nooo, eso no tiene precio. Llegás a los 4170 metros, ahí tenés que sacar fotos, después bajás a las Salinas Grandes, es hermoso, Sole. Vale la pena como de acá a la China. Pero te aconsejo: tratá de ir con el estómago vacío. Claro, si yo me como cuatro platos de locro, me tomo dos vinos y después me hago una coqueada, voy a sentir una mejoría. Porque es digestiva y adictiva la coca. Adictiva para el que se acostumbra, ¿viste? Pero no sirve para la altura. Eso yo lo aprendí con un guía peruano que estaba dando un curso hace muchos años. Él ha dicho «la coca no es para la puna». Aparte es más fiera que yo la coca. Vos acordate, mamita, el estómago vacío. Ese es el secreto: es-tó-ma-go-va-cí-o".

(palabra de Tito, el taxista jujeño que me llevó desde el aeropuerto de San Salvador de Jujuy al centro de la ciudad, un día de agosto de 2012)

martes, 30 de septiembre de 2014

El hombre del ataúd


Ricardo Péculo es el especialista que más sabe de honras fúnebres en Argentina, y probablemente también en América Latina. Lo llamaron para las exequias de Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, y lo llaman para asistir a una infinidad de familias anónimas que quieren despedirse como si se tratara de una fiesta. La obsesión por el trabajo, el humor, las mujeres, la propia muerte y el estreno en cine de su primer documental: este es el perfil del funeral planner —como él se llama así mismo— más célebre del continente.

(Texto publicado en la revista Letras Libres)

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El fruto prohibido

                                                        Plaza Francia, Buenos Aires -- © María Soledad Pereira

martes, 29 de julio de 2014

María

Desde hace poco más de una década, visito a mi tía con cierta regularidad. La vine a ver por primera vez en el año 2000, en la  casa de São João do Estoril una localidad costera a 30 kilómetros de Lisboa—, donde estoy ahora. Pasé con ella en esta misma casa —de un barrio llamado Galiza— los últimos meses del 2001. Juntas vimos el derrumbe de las Torres Gemelas y el comienzo de la guerra de Irak en 2003. Ese año yo había decidido estudiar lengua y cultura portuguesas, y me había mudado a Lisboa. No vivía con mi tía, pero la frecuentaba. Después volví a Buenos Aires y siete años más tarde, en mayo de 2011, en el lugar de siempre, nos volvimos a ver. Esa vez charlamos mucho. Quizá, más que las veces anteriores. Y fue durante ese breve período —entre una charla y otra—, cuando me pregunté, una y otra vez, cómo, con qué recursos, cuando se carece de casi todo, llega una nena a formar su carácter y defenderse y vivir, de adulta, todas las vidas que le han tocado. Porque María, intuí en ese entonces, es muchas —demasiadas— mujeres a la vez. Mirarla a ella era como mirar un destino colectivo sobre el que me hacía preguntas.
Quizá por eso, tiempo después vuelvo a verla. Ella me recibe como si me hubiese estado esperando. Yo, como diciendo: “¿Viste que no pasó tanto tiempo al final?”.
Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde la última vez. Porque ahora y desde hace tres semanas, María está postrada recuperándose, después de una caída, de una cirugía de fémur.
Que los huesos se achaquen y se rompan es usual a determinada edad y, en muchas ocasiones, las consecuencias de dichos achaques son previsibles, además de tristes. Sin embargo, hay algo que me tranquiliza: mi tía no suele ser la regla. Así como se la ve, sola y medio descangayada, derriba estadísticas, altera pronósticos, acorta tiempos de recuperación y me pregunta, desde la cama después de saludarme y sonreír y ser, contra toda previsión, la de siempre en la voz y el espíritu en alto, si ya almorcé, si no me gustaría comer algo, que en la heladera hay de todo. Fijate: hay queso, hay leche, hay carne, José compró.
—Hacete un sándwich, vos al final nunca comés nada.
Yo no comeré nada, pienso, —pero vos, tía, no cambiás más.

(Fragmento de Todas las vidas de María, texto publicado en la Revista Sole)

martes, 13 de mayo de 2014

Fragmento de El hombre que amasa

En una escena reciente, un hombre con pinta de abogado come de pie dos porciones de pizza cuando, detrás del mostrador, lo ve a López, uno de los tres dueños de la pizzería El Cuartito, y dice:
Señor, ¿le digo algo?
Sí, cómo no dice López, lo escucho.
Ustedes no venden solamente pizza, también venden recuerdos.
Quien alguna vez se haya adentrado en este templo de la pizza porteña admitirá de inmediato lo acertado de la metáfora y es probable que coincida con las cosas que se dicen. La Revista Brando, por ejemplo, dice que en El Cuartito se sostienen, a través de fotos y afiches prolijamente enmarcados, más de siete décadas de historia del deporte y la cultura pop en Argentina. El libro Pizzerías de valor patrimonial de Buenos Aires destaca, por su parte, la calidad de los productos pizzas, empanadas, fainá y fugazzetas y la calidez de sus salones que convocan a una nutrida clientela. En esa línea, uno de los últimos comentarios publicados en Tripadvisor —la mayor web de viajes del mundo que en 2013 otorgó a la pizzería el certificado de excelencia—  dice: “Una de las mejores salidas. Pese a que el lugar se encuentra siempre lleno, el recambio de gente es muy rápido, y la atención de los mozos, muy buena. Las pizzas son riquísimas. Además, la ambientación del lugar es una máquina del tiempo que refleja la vida porteña”.
Aunque al decir de González (el maestro pizzero), el trabajo de la casa no es muy estructural, hay desde luego saberes exclusivos. Sobre los secretos y la hechura de la masa, el único responsable es el maestro. Cuando el maestro se ausenta, la tarea queda en manos de Iván Maldonado. De las finanzas se ocupa Antonio Vázquez, otro de los dueños. Del contacto con los proveedores, Manolo, el dueño “productor”, el único de los tres que alguna vez amasó, aunque ya no lo haga. De López dependen las relaciones públicas, la imagen, la decoración, que con el tiempo vino a convertirse en un atractivo de la casa. Las láminas y fotografías que revisten las paredes infunden un carácter distintivo, casi épico. Sandro, Gardel, Monzón, Los Beatles y otros muertos no tan muertos se sostienen en alto y para disfrute de los clientes junto a vivos que, como Les Luthiers, Messi o Los Chalchaleros, quizá nunca mueran. 

(Fragmento de El hombre que amasa, texto publicado en la edición de abril de la Revista Bacanal)

miércoles, 5 de febrero de 2014

"Proponer, nunca imponer"


En 2007, empecé a tomar clases de tango en una sala del Borges y lo conocí a Juancito Elola. Juancito oficiaba de ayudante de los dos maestros que por entonces coordinaban la clase y me enseñó del tango lo fundamental: a reconocer las marcas del hombre, a no apurarme, a cuidar la postura. Tiempo después, me invitó a ir a una milonga y fui al Club Gricel, la primera milonga donde bailé. Ahora, años más tarde, nos reencontramos y compartimos un café y hablamos: de su amor por el tango, del tango y sus trucos, entre otras cosas. 
—Se dice de vos que a la hora bailar preferís a las principiantes, si son jóvenes mejor. Eso supone un esfuerzo extra. ¿A qué se debe?
—Lo que pasa es que me gusta iniciarlas, ir siguiéndolas, ver con el tiempo cómo progresan. Tengo un espíritu medio paternalista. Mi mujer murió muy joven, no tengo hijos y me gustan las niñas. Cuando soñaba con un hijo pensaba en una hija, yo pensaba en una nena. Y ahora, mirame, puedo abrazarlas a todas y ellas me abrazan.
Las abraza, es cierto, porque en su forma de bailar y en la propuesta de Juancito hay eso: un abrazo milonguero.
—Si pongo una servilletita de papel entre la mujer y yo —explica—, la servilletita se sostiene sola. Ni un solo espacio queda. Y la mujer generalmente lo acepta. Y lo acepta porque mi abrazo es sincero y punto. No hay doble sentido, la cosa pasa por ahí. Yo la invito a disfrutar del baile a mi manera, que es esta. Si lo comparte, fenómeno. Si no lo comparte, la dejo. Porque ella tiene todo el derecho: de aceptar mi propuesta o negarse, y yo, ante todo, la respeto.
Sé que es así. Lo sé por las veces, tantas, en que bailamos eso que técnicamente se llama abrazo cerrado.
—Yo logré —dice, como quien ha hecho un trabajo de hormiga incorporar algunos pasos de salón al abrazo cerrado, que es más acotado en el andar. A las principiantes les cuesta menos seguirme y entonces lo disfrutan más. Y si ellas lo disfrutan, bueno, yo me siento satisfecho.
—Lo principal es la postura —digo.
—El tango es el torso —dice él—. Hay que seguir el torso y no pensarla mucho.
—Mantener el eje.
—Proponer, nunca imponer.
—Hay que seguirte el ritmo a vos —río.
—Sí, pero mirá que ahora no es como antes. Ahora me controlo más, ya no me paso de rosca. Si me hubieras visto. Entraba a bailar y me olvidaba hasta de comer. Con los años, eso se siente. Yo sé que esto alguna vez se termina, pero todavía no. Mientras sienta que la mujer que está conmigo lo disfruta, seguiré bailando.

(La charla fue larga. Estos pasajes son una síntesis).