miércoles, 11 de diciembre de 2013

Borges



Así es la imagen que tengo de Borges. En la que pienso cada vez que se lo nombra. La que sigue dando la vuelta al mundo y seguirá. Así. Sentado. De saco y corbata y manos cruzadas sobre el bastón que al andar lo sostiene. Y hay que ser gallardo, me digo, para sostener a alguien tan inmenso como el viejo. A esa edad esencial: sesenta y nueve, setenta. La frente amplia, el párpado el derecho caído,  la vista alta, ida. Siempre viendo porque a mí se me hace cuento que Borges no veía, pero sin ver.

martes, 3 de diciembre de 2013

Autorretrato II


“Son pensamientos anticipatorios”, dicen. Y yo digo que sí, que puede ser, que siempre los tuve. Y me pregunto si a ellos nunca les pasó: ¿acaso nunca pensaron en cómo serían de viejos? ¿A los cincuenta y pico, sesenta, pongamos? Bueno, si ellos no, yo sí. Y estoy casi segura de que seguiré siendo menudita y lacia y rubia. Rubia a pesar de las canas: para algo, que yo sepa, existe la tintura. Y yo la uso, la seguiré usando, porque las canas —es simple siempre me quedarán mal: como queda un insulto, un injerto. Sólo de ser necesario suprimiré el rubio y entonces veré. Hay quienes, después de todo, llevan las canas con mucha altura. Pienso, por ejemplo, en mi profesora Lúzia de Lisboa. Ella sí que las llevaba bien. Y en la Sontag. ¡Ay, el aire que le daban las canas a Susan Sontag! Igual, canosa yo no me veo. ¿Y casada y con hijos? Bueno, no sé. Para todo eso sigo en veremos. Hay tiempo, quiero creer. Menopáusica no estoy. Y de acá a algunos años toco madera tampoco estaré. Tendré la mirada más calma, eso sí, y, supongo, la autoestima más alta. Y, como siempre, andaré viajando. Si logro superarme y superar algunas trabas mentales relativas a la higiene sobre todo a los cincuenta y pico habré conocido algo de Asia y un poco más de Latinoamérica. Lo digo por eso: porque hasta ahora mucho viaje, pero de Europa y Estados Unidos no pasé. Y en Estados Unidos, sólo vi Nueva York. El resto del mundo, bien, gracias. Si no encuentro un mecenas, en algo, por supuesto, estaré ocupándome. ¿Cómo pagaría los viajes si no? Pero en una oficina no pienso. En lo que sí pienso, en cambio, es en eso que no dejaré de hacer: escribir, por ejemplo. No digo “escribir” para mandarme la parte. Digo escribir a pesar todo: de las dudas y los desánimos. De no saber si lo que escriba será necesario o si tendrá, al menos, la capacidad de perdurar. Escribir a pesar de no poder saberlo ahora ni más adelante: a los cincuenta pico, sesenta, pongamos.

Texto corregido en el marco del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai.