jueves, 29 de agosto de 2013

Apariencias

                                                                                                  


Una casa de fines de 1800 convertida en local de venta de Pedigree y, hermoseo mediante, en una construcción amarilla y azul: eso es la foto. Una casa con ventanas de dos hojas y puerta de madera de, podría suponerse, cualquier localidad provinciana: chata, siestera, apacible. Uno de esos sitios donde los viejos se sientan a la puerta y se abrochan las botamangas cuando van en bicicleta: viejos como salidos de los tiempos de la casa, pero no. Aunque reciente, la imagen no es en rigor ejemplo de la ciudad a la que pertenece. Pudo haber sido, sí, cuando la ciudad, Zárate, era otra: una calle principal, algunos comercios, todas caras conocidas. Cuando abrir ventanas era una práctica cotidiana para hacer sociales y de paso ventilar. Cuando el miedo no era más que eso: algo en lo que nadie pensaba. Hoy, en cambio, casi todos piensan. En lo que va del año, los zarateños organizaron cincuenta y ocho marchas en protesta contra el delito. Hay homicidios, asaltos, violaciones: un panorama que no es el de la foto. Una foto así desconcierta. Es apócrifa: una versión recortada, como toda fotografía al fin, de una ciudad, al parecer, anterior: chata, siestera, apacible.

Texto escrito en el marco del Taller de Crónica Periodística de la Universidad Orsai.

viernes, 9 de agosto de 2013

Aprender a dialogar

Empecé a anotar historias ajenas, anónimas, cuando escribía el cuento “El reloj”. El diálogo telefónico o, mejor dicho, el monodiálogo —recurso central del relato— sonaba medio inverosímil, le faltaba algo, no sé, esas cosas que a veces les faltan a los textos. Entonces me lo propuse: anotaría durante el tiempo que hiciera falta las conversaciones telefónicas que oía en el viaje de casa al trabajo. Es increíble —me di cuenta enseguida— la cantidad de historias que se confiesan y circulan arriba de un colectivo, en Buenos Aires. A mí, sin embargo, la historia en sí no me importaba. Lo que a mí me importaba por entonces era el “cómo”. ¿Cómo se dialoga?, me preguntaba. ¿Qué muletillas usamos? ¿Cuántas veces nos repetimos? ¿Nos repetimos? Yo tenía que destrabarme y terminar mi cuento de una vez: eso era todo. Pero un día me vi enredada en una de esas conversaciones. Y después en otra y así. Y aunque seguí anotando muletillas y frases hechas y marcas del habla oral, el “qué” había cobrado sentido y entonces me daba pena bajarme cuando la cosa iba por el nudo o cuando recién empezaba. “Estoy medio paranoica —le dice un día una chica a alguien—. No sé, pero como que está raro, ¿entendés? Ponele, ayer me conecté después del almuerzo. Me dice: Che, justo me agarrás yéndome para el Tigre. Después, a la noche me dijo al toque que se iba a comer y a dormir. Yo estoy reentregada y el chabón tipo que nada. Para mí que algo pasó el sábado cuando salió”. 
Entonces yo tenía que bajarme: me paraba, tocaba el timbre, pero me quedaba pensando. ¿Cómo le habría ido a Adriana?, pensaba, el día en que Adriana le decía a Laura: “¿Cómo estás, Lau?, habla Adriana. Estoy yendo al Ministerio de Economía. Prendé una vela doce y media. Una entrevista con Floro Randazzo. Así que después te cuento. Vamos a ver qué pasa, te mando un mensaje a la noche…”. 
A los tres meses había terminado el cuento. Un amigo lo leyó y me dijo cómo hiciste. El texto estaba logrado y yo me sentía satisfecha. Sin embargo, desde entonces vuelvo al cuaderno de notas y las releo. Releo las conversaciones por la mitad, los nombres propios, me fijo en las técnicas narrativas detrás de cada nombre, en los “che, ¿podés hablar?”, “qué te iba a decir”, “bueno, no sé para qué gastamos saliva”. Y me digo que algo debería hacer. Con tanto fluido y repertorio de experiencias. Y vida. Trunca. ¿Acaso debería completar la historia? ¿Buscarle un sentido? Por esa manía tan elemental de buscarle un sentido, un cierre. A todo. No sé. A lo mejor completar la historia es hacerla perdurar. Hace rato que me digo lo mismo y hace rato que algo tengo que hacer.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Autorretrato I

Te miro y me gustás. Así, menudita, flaca, rubia. Lacia también pero no tanto, y mejor al final. Que un poco de movimiento al pelo no le hace mal a nadie. Menos a vos. Tan clásica siempre si no es negro es blanco, si no es blanco, rojo y hasta ahí—. Decía, esas ondas en el pelo, a veces revuelto, te dan el aire que te merecés: ni tan prolijo ni tan correcto. Si al fin y al cabo sos loca vos.
Aunque a simple vista nadie lo pueda decir. Ni nadie diga esta chica es hipocondríaca y claustrofóbica ni diga la edad que tenés.
32 decís vos. Hace cuánto, no sé. Pero de tanto decirlo te lo terminaste creyendo y también los demás.
Hay un rollo ahí, la psicóloga te dijo una vez, algo sin superar y ocho cuartos.
Y vos que sí, que puede ser, pero no vas a dejar de decir 32: cuando pensás en la edad te angustiás. Y cuando pensás en lo viejo y en el olor a viejo. A vos la vejez no te va. Para vos no se han hecho ni el ciático, ni las canas, ni las patas de gallo, ni.
Ese principio de papada te aterra. Y lo odiás con un odio infinito aunque no sea más que eso: un puro principio.
Papada dónde, te dice una de tus amigas. No podés ser así. Con vos y los demás.
Así cómo, decís.
Como despiadada. Como que no te perdonás una, ni al resto se la perdonás.
Pero la culpa no es toda tuya. Para que sepas hay cosas que heredaste y lo que no heredaste lo aprendiste, y aparte sos hija única vos.
Sobreprotegida, exigente, consentida, neurótica por lo perfectito. Así y todo, única, dijo desde el vamos tu padre. Y por algo te llamó Soledad.