miércoles, 28 de junio de 2017

Tras la sombra de Fellini


Dall’Argentina a Rimini per studiare Fellini. Una brutta avventura


Después de visitar Rímini, salió —en un diario local— una nota sobre mi experiencia tras los pasos del cineasta italiano. El texto, acá

martes, 6 de junio de 2017

Ti Amo

                                 Estación Cavour, metro de Roma -- © María Soledad Pereira

viernes, 21 de abril de 2017

Big Sur y un chofer impaciente

Es un domingo de marzo, es de mañana, hay sol: un sol mutante entre veraniego y otoñal, un sol que de a poco se va como extinguiendo para transformarse en otro, menos enérgico. Y que en ese andar, lento, deja entrever la irremediable certidumbre del paso del tiempo, más aún si es el segundo día del fin de semana. Día como elástico a la manera en que lo describe António Lobo Antunes. “¿Por qué se pregunta, cierta vez, uno de sus personajes son tan largos los domingos, Filomena?”. Espero el 194 en la esquina de Charcas y Pueyrredón, en Buenos Aires, y, mientras, me pongo a leer. Una vieja de voz enclenque me interrumpe. “Disculpe, señorita dice—, usted sabe si hoy es domingo”.  Lo tragicómico de la pregunta o el hecho, quizá, de que yo estaba en otra parte, lejos, cerca de San Francisco— me obliga a pensar. Y pienso un segundo y digo que sí, señora. Y cuando ella se va, la sigo con la vista: pollera mostaza, saco estampado, pelo revuelto y blanco, y leve cojeo hacia la derecha. Lo más probable, pienso, es que la mujer haya salido para ir a misa y que, en el camino, se le haya hecho una laguna; lo más probable es que haya querido comprar algo y que, en la misma calle en que me vio, se haya topado con locales cerrados; lo más probable es que la vejez sea esa instancia a la que, de momento, preferiría no llegar. Rápido, vuelvo a la novela y, por volver, casi pierdo el colectivo. No es la primera vez que me pasa. El chofer me ve extender el brazo a destiempo y frena de golpe, a unos metros de la parada, y, cuando subo, me sermonea. “¿No podía dejar el libro para más tarde?”, dice. Silencio. No —digo yo para mis adentros—, imposible, señor. Justo iba por la parte en la que Jack Duluoz, el protagonista, se dice a sí mismo “Hago algo rápido o estoy perdido”. Entonces se levanta de un salto, antes hace la vertical para bombear sangre al cerebro, se da una ducha, se cambia la camiseta, las medias y la ropa interior, guarda sus cosas enérgicamente, se cuelga la mochila, tira la llave sobre la mesa y sale y llega a la calle helada y camina rápido hasta el almacén más cercano a comprar comida para dos días, la mete en la mochila, deambula por perdidos callejones cargados de melancolía rusa donde los vagabundos se sientan en turbios umbrales con la cabeza apoyada en las rodillas en la noche viscosa de la ciudad, tiene que escapar o morir, y va a la estación de ómnibus —se da cuenta, señor, ¿quién puede dejar un libro así para más tarde?. En media hora, Jack Duluoz está sentado en un ómnibus, el ómnibus dice “Monterrey” y corren por la inmaculada autopista de neón y él duerme durante todo el camino, y se despierta sobresaltado oliendo el aire marino y el chofer que lo sacude: “Monterrey, final del recorrido”.
Desde su asiento, el hombre me mira, impaciente yo sigo de pie, en la cabina, sin decir una palabra—. Tiene cara de querer saber adónde voy para cobrarme de una vez y seguir. “Oh, sí, disculpe digo—, voy a Campana”.  Y también digo, mientras me deslizo por el pasillo y busco un asiento vacío del lado de la ventanilla: “Usted tampoco hubiera podido”.

(texto publicado en la revista FronteraD)

sábado, 25 de febrero de 2017

Salta

                                Desde la terraza del hotel Design Suites -- © María Soledad Pereira

miércoles, 18 de enero de 2017

Barbería La Época

                                              Barbería La Época, en Buenos Aires -- © María Soledad Pereira

viernes, 23 de diciembre de 2016

Taxi limeño

Paré un taxi en el Parque Kennedy y le pregunté al chofer cuánto me saldría el viaje. “Hasta la Avenida Mariscal La Mar al 1300”, dije. “Diez soles”, dijo él, gorra con visera. Siempre me resultó curiosa la modalidad limeña de consultar el precio de antemano, incluso, la modalidad de regatear. En Lima no hay taxímetros, y uno sabe por anticipado cuánto pagará al bajar, no importa si el trayecto dura diez minutos o una hora. “Ok”, dije. Y abrí la puerta y subí. Y entre una cosa y otra, el hombre alzó la mano, dejó un pucho encendido el que estaba fumando en evidencia y me preguntó si me molestaba. Aunque sí, dije que no. Y un segundo más tarde, me di cuenta de que el pucho era un auténtico porro. ¡Oh!, dije para mis adentros. No sabía que en la capital peruana los taxistas podían fumar, mucho menos que podían fumar cigarrillos de marihuana. Quizá no pudieran, pero, estaba claro, era lo mismo. Después de todo, no sé de qué me asombraba: la escena transcurría en Lima, pero bien podría transcurrir en Buenos Aires o a lo mejor en Bogotá. Por respeto, supongo, el hombre sacó el brazo culposo fuera de la ventanilla, después, aceleró. Y quizá porque había demasiado silencio u acaso olor un olor alevoso, enseguida subió el volumen. Lo que sonó fue una especie de rap en español que hablaba de los vicios y sus tragedias y decía cosas como “Nada te impide que tú lo consumas”, “Este es el vicio que con tu permiso te mata”, algo así. Me asusté. Pensé que el tipo se desviaría sin que yo lo notara; pensé que me llevaría a los bajos fondos de Surquillo; pensé, en resumen, lo peor. En todo individuo, taxista o no, se oculta siempre para bien o para mal un Travis Bickle. Estaba en Miraflores, pero no sabía exactamente donde. No tenía conexión a Wi-Fi ni la posibilidad de llamar por teléfono. Mis amigos me esperaban para cenar en un restorán ubicado entre Miraflores y San Isidro. “Te va a encantar me habían dicho, ya vas a ver”. Y sí, seguro, pero eran casi las nueve de la noche y no lograba distinguir nada que me resultara familiar.  Recordé las veces en que había visitado Lima y en las que, al volver a Buenos Aires, me había jactado de moverme como en casa: de El Olivar a Barranco, de Barranco al Faraona Grand Hotel, de la Avenida Conquistadores al centro comercial Larcomar. De vez en cuando, miraba hacia el espejito retrovisor. Todo parecía en orden, y sin embargo. Traté de relajarme. No sé si pude pero, en parte, logré correrme de donde estaba y situarme en lo que vendría. Y lo que vendría era, en efecto, maravilloso: ceviche con choclo peruano y tiraditos de atún y conchitas a la parmesana. Y era un tremendo pisco que me tomaría al llegar y que me pondría en esa frecuencia de euforia cósmica que tanto me gusta. En eso estaba, cuando, de golpe, el chofer detuvo el auto. Bajó el volumen. “Llegamos”, dijo con toda naturalidad. Rápido, abrí la cartera. “Tome”, dije yo, y le di los soles. Los diez soles. Y también las gracias.

(texto publicado en la revista FronteraD)